Discurso del Presidente de la República con ocasión del centenario del Armisticio de 1918 (11 de noviembre de 2018) [fr]

Discurso pronunciado por la Señora Anne Petot, Primera Consejera de la Embajada de Francia, en la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova

Un siglo.

Hace un siglo que el Armisticio del 11 de noviembre de 1918 logró poner fin a los combates fratricidas de la Primera Guerra mundial.

Que logró poner fin a este enfrentamiento interminable de naciones contra naciones, de pueblos contra pueblos, con sus trincheras asediadas por el barro, la sangre y las lágrimas, sus tempestades de fuego y acero que tronaban en cualquier momento y rasgaban con su furia el silencio de los cielos, con sus campos de batalla ensangrentados, con la muerte siempre presente.

El 11 de noviembre de 1918, un gran respiro de alivio se hizo sentir desde Compiègne, en Francia, donde se firmó el Armisticio al alba, hasta los campos de batalla.

Después de cuatro años de incesantes ruidos y furor, de oscuras noches y terror, las armas callaron en el frente occidental.

Finalmente, el ruido funesto de los cañones dejó paso al clamor alegre de campanas y clarines en las explanadas de las grandes ciudades y las plazas de pequeños pueblos.

En todo lado se celebraba con orgullo la victoria de Francia y sus aliados. Nuestros “poilus” (los peludos) no combatieron ni murieron en vano: la patria fue salvada. ¡La paz, por fin, retornó!

No obstante, el quebranto se veía por doquier, y el duelo se hacía sentir aún más vivo: aquí un niño llora la pérdida de su padre, allá un padre llora la muerte de su hijo. Aquí, al igual que en otros lugares, una viuda llora la pérdida de su marido. Por dondequiera se ven desfilar los cortejos de mutilados y de “gueules cassées” (caras rotas).

Francesas y Franceses de cada una de nuestras ciudades, de cada uno de nuestros pueblos, Francesas y Franceses de todas las generaciones y de todos los confines de la tierra, estamos reunidos en este 11 de noviembre para conmemorar la Victoria, pero igualmente para celebrar la Paz.

Estamos reunidos en nuestros municipios, frente a nuestros monumentos a los caídos, para rendir homenaje y expresar nuestra gratitud a todos los que nos defendieron, pero también a los que nos defienden hoy en día hasta dar su vida por nosotros.

Recordemos nuestros “poilus”, muertos por Francia; nuestros civiles de los cuales muchos cayeron; nuestros soldados marcados en sus entrañas por siempre; nuestros pueblos destruidos, así como nuestras ciudades devastadas.

Recordemos también el sufrimiento y el honor de todos los que abandonaron su patria y llegaron desde África, el Pacifico y América a estas tierras francesas que no conocían, y que sin embrago defendieron con valentía.

Recordemos el sufrimiento y el honor de los diez millones de combatientes de diferentes horizontes que participaron en estos terribles combates.

Francesas y Franceses, estamos igualmente reunidos este día, para tomar conciencia de nuestra historia e impedir que se repita. Porque el siglo que nos separa de los terribles sacrificios que tuvieron que hacer las mujeres y los hombres entre 1914 y 1918, nos enseña cuán precaria es la Paz.

Sabemos con qué fuerza los nacionalismos y los totalitarismos pueden acabar con las democracias y poner en riesgo la idea misma de civilización.

Sabemos con qué celeridad puede colapsar repentinamente el orden multilateral.
Sabemos que esta Europa unida, forjada entorno a la reconciliación entre Francia y Alemania nunca ha sido tan frágil.

¡Cuidado! El recuerdo de esta espantosa hecatombe que ha sido la Gran Guerra debe mantenernos alerta.

De esta forma seremos dignos de conmemorar a aquellos quienes hace un siglo cayeron. Así, seremos dignos del sacrificio de aquellos que nos permitieron estar hoy presentes aquí, todos unidos, como pueblo libre.

¡Que viva Europa en paz!
Vive la République!
Vive la France!

publié le 12/11/2018

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